
«No estoy preparado». Son palabras duras cuando las escuchas. Escuchar un «no estoy preparado» conlleva ver romperse una ilusión, quizá un proyecto, un deseo que ahora era algo más que un deseo. «No estoy preparado». Son palabras duras cuando las pronuncias porque conllevan romper una ilusión, quizá un proyecto, un deseo que un día fue un algo en común.
«No estoy preparado». No son más que tres palabras, dichosas, que forman una frase -como tantas-. Ilusiones, proyectos, deseos; son mucho más que palabras, forman más que frases que se pronuncian o que se escuchan. Es algo que se sueña, que se espera o que se espera tener. Soñar es gratis, no cuesta. Esperar, sin embargo tiene en sí mismo un coste de oportunidad. Esperar tener, es una mezcla de un sueño que se espera o de una espera soñada.
«No estoy preparado» es una frase que atormenta, si no se espera y que entristece cuando se sueña. Sueña que esperas tener proyectos, que deseas soñar y al tiempo escuchar cómo se rompe en tu cabeza la espera a pronunciar un «no estoy preparado». Es algo más que algo triste que se sueña.
«No estoy preparado», no es más que un juicio de valor que se pretende, si no se tiene; que se sueña, si no se espera; y que atormenta, si no ilusiona.
Cómo decir que es algo más que un problema cuando se escucha, cuando se tiene y cuando se sueña a la vez, y no se sabe si es cierto aquello que se tiene o que se sueña y que proyecta una ilusión. Cómo decir sin que se mezclen los deseos e ilusiones, sin que se escuche que se pronuncia, o sin romper lo que sonó a dicho y que te duele que te atormente.
Foto: E.S. Dalí, Muchacha en la ventana