Érase una vez un chico inditex que iba en el metro como sardina en lata para poder llegar a tiempo a su puesto de trabajo.
Se levantaba, desayunaba y una vez aseado, se ponía el traje y corría y corría para enlatarse de nuevo. En el metro se movía como en su salsa; vaya, que estaba como pez en el agua. Sabía escoger un lugar estratégico en el andén para después -disimuladamente-, dejarse succionar por la masa informe que se arrepentía de no haber hecho caso antes a su despertador.
Tras unos pocos suspiros, muchos apretones e incluso algún que otro empujón de gente despistada, que -por su estatura o por la de los demás-, no alcanzó a ver que era su turno de salida, nuestro amigo se dejaba de nuevo despedir, esta vez hacia las mecánicas escaleras que como un dragón hambriento se apresuraban a desplazar de abajo a arriba a diestro y siniestro transeúnte que se asomara.

Estación de Príncipe Pío, Madrid.
Cuando por fin veía la luz, buscaba con la mano en su bolsillo un cigarrillo que llevarse a la boca, de manera que al alcanzar sus pies la calle, tenía ya bien avanzado el consumo del filtro. Las últimas caladas nunca las disfrutaba. Ya estaba en la oficina y tenía que apagar.
Tras los saludos oportunos a la recepcionista y al guardia de seguridad del edificio, y ya en el ascensor que le desplazaba a la octava planta, intentaba recordar en qué quedó su última salida -todo un fin de semana antes- mientras observaba las ojeras del personal que iba quedando en las primeras siete plantas.
Después todo era sentarse ante el PC y esperar a que terminara la jornada.