
Caspar David Friedrich, Window looking over the park (1810 -1811).
Miro el papel y veo letras nuevas. Miro la tinta -aún fresca- y la arrastro con un dedo. Queda la marca violenta de una palabra llorosa y triste que balbucea. Balbucea y queda a la espera de que la leas y quieras saber por qué está triste si junto a ella hay un verbo que la da vida y un adjetivo que la presenta. Si tiene un determinante que nos explica que la acompaña y la dignifica. ¿Acaso no sabe vivir lo que tiene, disfrutar de su esencia, compartir su existencia? Quizás no sepa su significado y sólo mire su sombra, afectada. Sombra que el dedo dejó, marcándola para siempre y olvidando que fue escrita ahí para que alguien la lea y no olvide un recado o memorice una frase, quizás un poema. Olvidando que provocará alegría o angustia por culpa de un malentendido. Que será el sujeto de una frase de amor o de una carta de despedida. Que después de leerla quizás alguien suspire, otros sonrían o quizá olviden. Puede que sea cierto que está triste. Puede que sea cierto que nunca sabrá por qué fue escrita, incluso puede que nadie la lea. Pero aún será cierta su permanencia y su recado. Será reflejo de una mano, de un pensamiento.
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